miércoles, 17 de mayo de 2017

04. EL GÉNESIS Y LA GEOLOGÍA IV. PRINCIPIOS BÁSICOS DE GEOLOGÍA Y PALEONTOLOGÍA.


A fin de entender qué cambios ocurrieron durante el diluvio, deben anunciarse primero unos pocos principios básicos acerca de la naturaleza de la tierra. 

A. La Tierra.
 La Tierra tiene un diámetro de 12.757 km. en el ecuador y no es exactamente una esfera, pues es algo aplanada en los polos y dilatada en el ecuador. El diámetro polar es 43 km. más corto que el ecuatorial. Esta diferencia de los diámetros se atribuye principalmente a la rotación de la tierra sobre su eje, y sugiere que su naturaleza no es rígida, característica importante para explicar algunos cambios que se supone que ocurrieron durante el diluvio. La naturaleza del interior de la Tierra se deduce mediante evidencias indirectas. Su centro está constituido por un núcleo pesado (cuyo radio es de 3.475 km.) con un centro sólido, al paso que su parte externa es líquida. A partir de ese núcleo hasta cerca de la superficie hay un manto menos denso rodeado por una corteza que todavía es más ligera. El espesor de la misma es de unos 33 km. La corteza que está debajo de los continentes es mucho más potente que la que se halla debajo de los océanos (Fig. 2). Sucesos catastróficos, tales como erupciones volcánicas y terremotos, pueden abarcar tanto el manto como la corteza. En la actualidad, aproximadamente un 71% de la superficie de la tierra está cubierta por océanos, y el 29% restante lo forman los continentes. Más o menos un 3% del área oceánica comprende las plataformas continentales, regiones relativamente poco profundas, que geológicamente forman parte de los continentes. 

B. La Corteza Terrestre 
Hay tres clases principales de rocas: ígneas, sedimentarias y metamórficas. Esas rocas se diferencian por las condiciones en que se formaron. Las rocas ígneas se forman cuando el magma (rocas fundidas en el interior de la tierra) se enfría y cristaliza dentro de la corteza terrestre o encima de ella. Las rocas volcánicas son rocas ígneas extrusivas que se han enfriado en la superficie de la tierra. Generalmente las rocas sedimentarias se forman por la cementación de partículas 82 transportadas que varían en tamaño desde la arcilla hasta cantos rodados, y se clasifican de acuerdo con la naturaleza de las partículas que la forman. De esa manera, las rocas arcillosas (arcillitas) se forman de arcilla y las areniscas, de arena, etc. Ciertas rocas sedimentarias (por ejemplo, algunas calizas, yeso y sal gema) se forman por precipitación química de una solución. Las rocas sedimentarias son de interés especial porque pueden contener fósiles, que son una evidencia de vida anterior. Las rocas metamórficas se forman donde hay suficiente calor, presión y a veces acción química, factores que originan cambios significativos en las rocas ígneas, sedimentarias y otras metamórficas. El mármol es una roca metamórfica que consiste en roca calcárea modificada. En ciertos casos, el granito puede ser formado por metamorfismo. Los geólogos dividen las rocas de determinada región en unidades mayores llamadas formaciones. Por ejemplo, parecería razonable que los sedimentos de cierta zona incluyeran arenisca gruesa, una gruesa unidad de pizarra (que quizá contenga delgadas capas de arenisca y caliza), y además una gruesa y masiva roca caliza dividida en tres formaciones. Si las capas son muy delgadas y tienen una característica común y peculiar, todas ellas podrían ser clasificadas como una sola formación. Solamente en Estados Unidos, en torno de 1967, se habían clasificado más de 17.000 diferentes formaciones y subdivisiones. 

C. Procesos Sedimentarios 
Una catástrofe del tipo de una inundación ocasiona mucha sedimentación, proceso que implica erosión, transporte y depósito de sedimentos que pueden formar rocas sedimentarias. Las corrientes de agua son el medio de transporte más común. El río Amarillo de la China transporta aproximadamente 2 mil millones de toneladas de sedimento al océano cada año (Holeman 1968). En este río, el peso de los materiales sólidos transportados a veces excede al peso del agua misma (Mattes 1951 ). También puede ser considerable la capacidad de transporte de las olas y las corrientes oceánicas. La capacidad de transporte que tiene el agua aumenta considerablemente con la velocidad. La carga máxima de transporte sólido está en proporción con la tercera o cuarta potencia de la velocidad (Holmes 1965, pág. 512), lo que significa que si la velocidad aumenta en un factor de 10, la carga puede ser de 1.000 a 10.000 veces mayor. El viento es otro medio de transporte de gran capacidad. Arena del Sahara ha sido llevada hasta España, Francia e Italia. En 1883, cenizas de la erupción volcánica del Krakatoa, cerca de Java, fueron esparcidas por todo el mundo, con lo que produjeron cromáticas puestas de sol durante varios años. Por supuesto, los tornados pueden transportar cargas muy grandes. En el Medio Oriente, extensas dunas, algunas de ellas de 180 m de alto, se forman como resultado de la acción del viento. Los glaciares erosionan, transportan y depositan grandes cantidades de sedimentos. En este caso el transporte es comparativamente lento. Por ejemplo, en 1820 tres guías que trepaban cerca de la cumbre del monte Blanco, en Francia, se perdieron en una hendidura profunda en un glaciar. Cuarenta y un años más tarde, fueron encontrados sus restos a unos 31/2 km. de distancia, al pie del glaciar Bosson (Bertin 1961, pág. 126). El transporte provocado por los glaciares deja típicas características, tales como sedimentos entremezclados (donde se mezclan desde lo fino hasta lo grueso) y provocan estrías en las rocas. Esas estrías (estriaciones de los glaciares) se producen por roces mutuos de las rocas al ser movidas por el hielo. Finalmente los sedimentos son transportados hasta una localidad donde se 83 asientan y forman rocas sedimentarias. Las partículas son cementadas por diversos minerales que con frecuencia van disueltos en el agua. Las rocas sedimentarias, especialmente aquellas depositadas por el agua, por lo general se encuentran en capas distintas llamadas estratos, que resultan de cambios en la cantidad de sedimentos mientras se depositan. Las capas se depositan en planos horizontales o subhorizontales. Este hecho es llamado la ley de horizontalidad original. Por lo general, los estratos inclinados se deben a alteraciones de la corteza terrestre después de ser depositados. Una segunda ley de la deposición, evidente por sí misma, es la ley de la superposición, según la cual en sedimentos que no se han alterado, los más recientes están por encima de los más antiguos, que quedan debajo. Puede pasar poco o mucho tiempo en la deposición de una formación sedimentaria. 

D. El Proceso de Fosilización 
Cualquier evidencia de vida pasada encontrada en la corteza terrestre se considera que es un fósil. Los fósiles pueden incluir las más familiares conchas de moluscos, moldes de seres vivientes, o las menos comunes huellas de animales. Pueden ser mínimas las alteraciones durante la preservación, como en el caso de algunos mamuts congelados. Sin embargo, con frecuencia sólo permanecen las partes duras como sucede con los huesos o caparazones. Los fósiles permineralizados tienen espacios porosos llenos con minerales, al paso que la petrificación implica el reemplazo de materia orgánica por minerales. Algunas maderas fósiles son permineralizadas; otras son petrificadas. Durante el proceso de preservación de muchos fósiles, puede perderse una buena parte del hidrógeno, oxígeno y nitrógeno de la materia orgánica original, lo que deja tan sólo una película carbonosa y una impresión. Los fósiles abundan en algunas localidades, son raros en la mayoría de los depósitos sedimentarios y faltan por completo en muchas formaciones. Es importante para el estudio de un suceso tal como el diluvio del Génesis que la mayor parte de los seres vivientes que mueren no son preservados. Los arrecifes coralinos son una excepción notable debido a que los esqueletos del coral que forman la armazón del arrecife se preservan a medida que crece el arrecife. Por lo general ocurre una desintegración mecánica y química antes de la preservación. Beerbower (1969, pág. 39) declara: "Por lo general, mientras más rápidamente un ser viviente quede sepultado y mientras más apretado sea el sello de su tumba sedimentaria, habrá mejores posibilidades de preservación". Tanto los paleontólogos creacionistas como los evolucionistas reconocen la importancia de que se sepulten rápidamente los fósiles para su preservación. Los creacionistas creen que esto ocurrió principalmente durante el diluvio del Génesis, al paso que los evolucionistas creen que hubo muchas catástrofes más pequeñas separadas por largos períodos de tiempo.

 E. La Columna Geológica 
Las rocas que forman la corteza de la tierra se han organizado de acuerdo con una distribución cronológica en la cual las más antiguas están debajo y las más jóvenes encima. Esto recibe el nombre de columna geológica o estratigráfica. Véase en la figura 1 detalles al respecto. Los nombres que identifican diferentes divisiones de la columna geológica se usarán en las secciones siguientes, y el lector debería consultar esa figura si no le resultan familiares los términos estratigráficos. Tanto los creacionistas como los evolucionistas reconocen la secuencia de la columna geológica y usan la misma terminología para referirse a ella. Por lo general, los primeros consideran que representa un lapso relativamente corto, al paso que los segundos le atribuyen miles de millones de años para su evolución. Los fósiles son mucho más comunes y complejos en el fanerozoico que en las capas 84 inferiores. Dentro del fanerozoico, las formas más complejas de vida, tales como mamíferos y fanerógamas, no se encuentran en las capas inferiores (Fig. 1). Esto será tratado posteriormente en la Sección VI-C. Una cantidad de creacionistas (tales como Price 1923, Whitcomb y Morris 1966) han negado que sea válida la distribución de los fósiles en una secuencia dentro de la columna geológica. Han destacado que en algunos lugares esa disposición no se respeta y que las así llamadas rocas más antiguas se hallan encima de rocas más jóvenes. Arguyen que puesto que hay excepciones para el orden general de los fósiles en la columna geológica, queda invalidada la teoría de la evolución. Desgraciadamente, los ejemplos usuales que se dan corresponden con zonas geológicamente alteradas, tales como las Montañas Rocosas y los Alpes. Esas zonas alteradas no suministran un argumento convincente puesto que las alteraciones de las secuencias se pueden explicar mediante levantamientos y deslizamientos de las rocas más antiguas por encima de las más jóvenes, un cuadro apoyado, en algunos casos, por datos convincentes tomados en el mismo lugar. Aun cuando en algunas zonas evidentemente los fósiles están aparentemente fuera de orden, cualquiera sea la razón que se dé para eso, todavía queda por explicar por qué en la mayoría de los lugares de la Tierra por lo general los fósiles siguen un orden consistente (Fig. 1). Esto será tratado posteriormente en la Sección VI-C. CBA

03. EL GÉNESIS Y LA GEOLOGÍA III. DESCRIPCIÓN DEL DILUVIO TAL COMO ES DADA EN DOCUMENTOS INSPIRADOS.


La descripción bíblica del diluvio es breve y contiene poca información geológica. Los escritos de E. G. de White son más informativos, pero una buena parte de lo que sucedió durante el diluvio debe deducirse de un estudio de la naturaleza. Debido a su escasez, la poca información dada por los escritores inspirados es de interés particular. 

Comenzaremos considerando unos pocos comentarios acerca del mundo antediluviano, que fue el mundo destruido por el diluvio. 
La tierra fue grandemente modificada por el diluvio. Por lo tanto, su condición prediluvial tiene que haber sido muy diferente de la actual. No llovía (Gén. 2: 5), pero había abundante humedad (Gén. 2: 6). Había ríos (Gén. 2: 10-14), y mar (o mares) (White 1890, pág. 84). Hay una insinuación bastante clara acerca de que había agua oculta en la tierra (Gén. 7: 11; White 1878, 1901). Las colinas y las montañas no eran tan altas y escabrosas como en la actualidad (White 1947, pág. 20) y la vegetación y la vida animal eran muy superiores a las que existen ahora (White 1864, pág. 33; 1890, pág. 24; 1903, pág. 125). 

La siguiente cronología del diluvio puede deducirse de Génesis 7 y 8. Siete días después que Noé entró en el arca, brotaron violentamente aguas subterráneas, acompañadas por lluvia que duró por lo menos 40 días. Este período de 40 días parece estar incluido en el siguiente período que se describe como de 150 días (Gén. 7: 24), durante el cual las aguas "prevalecieron": un término que puede interpretarse como que implica que continuaron aumentando su nivel (Gén. 7: 18) o que permanecieron en forma estática cuando las montañas más altas de toda la tierra estaban cubiertas (Gén. 7: 19). 

En Génesis 8: 2 parece decirse que el nivel del agua aumentó hasta el fin del período de 150 días, puesto que fue entonces cuando se detuvo la lluvia y se cerraron las "fuentes" del gran abismo. Esto fue seguido por un recio viento, la disminución del nivel del agua y un período de 225 días para que todo se secara. Cuando Noé salió del arca, 382 días después de que entró en ella, por lo menos las zonas más altas de las proximidades estaban secas (Gén. 8: 14) y quizá ya había comenzado a crecer una nueva vegetación (Gén. 8: 11). Una cantidad de reajustes geológicos significativos podrían haberse realizado después de este período. Es importante notar que "las aguas subían más y más" (White 1864, pág. 72; 1890, pág. 89; 1901). 

Este proceso gradual corresponde bien con la secuencia que se encuentra en muchos de los depósitos sedimentarios de la tierra, los cuales se hubieran mezclado mucho más si el diluvio hubiera envuelto todo con sus aguas al mismo tiempo, como podría haberse supuesto. También hubo conmociones violentas, tales como terremotos, actividad volcánica y aguas que irrumpían arrojando al aire enormes rocas (White 1886; 1890, pág. 87). 

Una buena parte de la actividad tectónica (levantamientos y hundimientos de la superficie de la tierra) debe haber ocurrido durante el diluvio. Algunas montañas se formaron entonces (White 1864, pág. 79; 1885; 1890, págs. 98, 99).

 Otras montañas fueron alteradas, volviéndose abruptas e irregulares (White 1890, págs. 98, 99). 

Algunas llanuras se convirtieron en montañas y algunas cadenas montañosas se 81 volvieron llanuras (White 1890, págs. 98, 99). 

Algunas partes de la tierra fueron más seriamente afectadas que otras (White 1890, págs. 98, 99). 

En una afirmación significativa E. G. de White dice: "Arcilla y cal, que Dios había esparcido en el fondo de los mares fueron elevados y arrojados de acá para allá... " (White, 1886). 

Inmensos bosques fueron sepultados y formaron la hulla y el petróleo que ahora tenemos (White 1890, págs. 98, 99; 1903, pág. 125). Un vasto y turbio mar y lodo blando (White 1864, pág. 77; 1890, págs. 97-99) se hicieron presentes cuando las aguas comenzaron a descender. El fortísimo viento que ayudó a secar la tierra (Gén. 8: 1; White 1890, págs. 98, 99) impulsó el agua "con gran fuerza, de modo que en algunos casos" fueron derribadas "las cumbres de las montañas" (White 1890, pág. 98).

 No hay duda de que Elena de White y el autor del Génesis entendieron que el diluvio cubrió toda la tierra. En Gén. 7: 19-23 repetidas veces se hace resaltar este concepto (Hasel 1975): "Quedaron cubiertos los montes más altos que hay debajo del cielo" (Gén. 7: 19, BJ); "murió toda carne que se mueve sobre la tierra" (Gén. 7: 21, VVR); "todo cuanto respira hálito vital, todo cuanto existe en tierra firme murió. Yahveh exterminó todo ser que había sobre la haz del suelo" (7: 22, 23, BJ). E. G. de White afirma: "Toda la superficie de la tierra fue cambiada por el diluvio" 
(White 1864, pág. 78; 1890, pág. 98). CBA

02B. EL GÉNESIS Y LA GEOLOGÍA II. COMPROBACIÓN HISTÓRICA DE UNA GEOLOGÍA QUE RECONOCE EL DILUVIO B.


B. Los Adventistas Del Séptimo Día Y La Geología .
 Durante los años que siguieron al gran chasco de 1844, los creyentes adventistas estaban demasiado ocupados estudiando las señales proféticas de la segunda venida de Cristo como para preocuparse con los debates que ocurrían entre los geólogos. Pero las investigaciones que hacían en las profecías bíblicas pronto los llevaron a 2 Ped. 3, donde se trata de la forma física en que terminará el mundo. Las primeras publicaciones que reflejan las creencias de la joven Iglesia Adventista del Séptimo Día contenían artículos acerca de la composición del centro (núcleo) de la tierra, junto con relatos de incendios, terremotos y erupciones volcánicas que servían como heraldos de la inminente aparición de Cristo. Cuando la doctrina del séptimo día como día de reposo surgió como una doctrina principal de la iglesia, cobró importancia el relato del Génesis referente a una semana literal de siete días dedicada a la creación. Sin aventurarse en un verdadero estudio de la geología, los teólogos adventistas procuraban encontrar pruebas en apoyo de la validez del relato del Génesis, puesto que los largos períodos postulados por la geología uniformista hacían estragos en la interpretación literal del Génesis. Se hacían esfuerzos para determinar si el relato bíblico había sido mal interpretado. 

 Mientras James White y J. N. Andrews afirmaban que el planeta Tierra no había sido formado hasta la semana de la creación, un grupo conocido como "creacionistas secundarios" postulaban que no iba en contra de las Escrituras la creencia de que los elementos químicos que componen la tierra (de todos modos creada por Dios) habían comenzado a existir hacía más de 6.000 años. Los debates continuaban sin llegar a un acuerdo general, pero los "creacionistas secundarios" al parecer se mantuvieron en la minoría. En las primeras publicaciones adventistas se reimprimían artículos de otros grupos cristianos y de científicos que presentaban pruebas para confirmar una interpretación literal de la Biblia, o que señalaban fallas en la geología evolucionista. Los redactores, especialmente Uriah Smith, de la Review, se cuidaban de hacer 79 resaltar su oposición al uso indebido y al abuso de hechos geológicos, antes que oponerse a la ciencia misma. Mucho se dijo en cuanto a la confianza de que lograrían armonizar la ciencia y la Biblia a medida que la ciencia de la geología, que estaba en sus comienzos, continuara desarrollando nuevas teorías. Al mismo tiempo había precaución para no ser demasiado rápidos en aceptar cualquier pretensión nueva de la ciencia que pareciera proyectar dudas sobre la veracidad del relato del Génesis. Por supuesto, se esperaba que la verdadera ciencia armonizara perfectamente con la Biblia, puesto que ambas tenían el mismo Autor. 

Dentro de la Iglesia Adventista, en la etapa de 1850-1900, se consideraba que la ciencia era una herramienta empleada por los que procuraban eludir a Dios como Creador y Señor. Puesto que toda la verdad se basaba en la inmutable norma de la Biblia, no debía confiarse en la palabra de los científicos descreídos. Esta fue la etapa teológica de la geología adventista del diluvio, íntimamente relacionada con el creacionismo. La mayor parte de los interesados en geología, tales como A. T. Jones, enfocaban el estudio de las publicaciones geológicas considerándolas con escepticismo, y esperaban encontrar en ellas contradicciones, fallas y errores. George McCready Price (1870-1963), docente y escritor, comenzó la fase científica de la geología diluvial adventista.

 Después de estudiar las publicaciones acerca de geología de que se disponía entonces, descubrió que su fe en una interpretación literal del Génesis permanecía inconmovible. Lamentaba la tendencia protestante hacia la aceptación de la evolución teísta (la idea de que Dios creó el mundo a través de largos procesos evolutivos). Price exhortaba a las iglesias a que hubiera una nueva reforma: la vindicación de Dios como Creador volviendo a la verdad de la creación. Prosiguió en esta lucha aun teniendo en cuenta la predicción del apóstol Pedro de que sería popular la creencia de que "todas las cosas permanecen así como desde el principio" (2 Ped. 3: 4). 
En 1902, Price publicó el primero de 25 libros, Outlines of Modern Christianity and Modern Science, para desafiar las tres principales teorías de la evolución: el uniformismo geológico, la evolución biológica (orgánica) y la evolución teísta. 

 En sus libros posteriores atacó mayormente a la geología, porque creía que era la base de las otras ideas evolucionistas. Arguyendo en contra de la interpretación evolucionista de la secuencia de las formas de vida en el registro de los fósiles, Price afirmaba que los fósiles representan plantas y animales del mundo antediluviano, que perecieron en el diluvio. Afirmaba que no había pruebas para las suposiciones uniformistas de la geología y de la sucesión evolutiva de formas de vida, que eran los únicos argumentos empleados para datar arbitrariamente las rocas y los fósiles. 

Durante casi un cuarto de siglo, Price presidió este ataque en contra de la geología evolucionista influyendo sobre otros grupos cristianos fundamentalistas. El impacto que hizo en el mundo protestante sirvió para que muchos adventistas lo consideraran prácticamente como inspirado y era difícil no estar de acuerdo con Price sin ser considerado como no ortodoxo. Sin embargo, al paso que Price había atribuido prácticamente todas las principales características geológicas de la corteza de la tierra al diluvio del Génesis, uno de sus alumnos, H. W. Clark, creyó necesario modificar ese postulado para dar lugar a posibles formaciones prediluvianas. Price creía que no existía realmente un orden para los fósiles, pero Clark veía evidencias de un cierto orden en las rocas estratificadas. Clark dio una explicación para ese orden mediante su concepto de "zonación ecológica" (véase la Sección VI-C). Price había interpretado las evidencias de glaciación continental en términos de una actividad diluvial, pero Clark presentaba datos que mostraban que tanto la glaciación de las montañas como las 80 extensas capas de hielo de las planicies del hemisferio norte eran conceptos válidos. Aunque hubo reajustes de esta interpretación hechos por científicos adventistas posteriores, se mantuvo tanto la oposición a la geología uniformista como la defensa de una interpretación literal del diluvio del Génesis. CBA

martes, 16 de mayo de 2017

02A. EL GÉNESIS Y LA GEOLOGÍA II. COMPROBACIÓN HISTÓRICA DE UNA GEOLOGÍA QUE RECONOCE EL DILUVIO A.


A. General. La geología como estudio científico de la estructura física, la composición química y la historia de la corteza terrestre no surgió en su forma moderna hasta los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, los escritos de los filósofos y los teólogos de la antigüedad por lo menos especularon en cuanto a la historia de la tierra. 

Los filósofos griegos de la naturaleza, presididos por Tales y Anaximandro, trataron diversos fenómenos geológicos, como la presencia de conchas marinas fósiles y restos de plantas en lugares inesperados. Los griegos presentaban explicaciones naturales que reflejan sus conceptos del mundo: el mar una vez había cubierto grandes porciones de tierra; inundaciones cíclicas habían destruido toda vida y el barro había producido nueva vida; constantemente la tierra y el mar intercambiaban sus lugares.  
Quizá la teoría más popular y predominante era la de las transgresiones marinas. Había desacuerdo en cuanto a la extensión, la frecuencia y las causas de esos desbordes. En siglos posteriores, los padres de la iglesia, tales como Tertuliano, Crisóstomo y Agustín de Hipona, reinterpretaban los misterios geológicos recurriendo al diluvio de los días de Noé tal como se describe en el libro del Génesis. 

Puesto que la ciencia medieval dependía de la teología -especialmente debido a que la gente culta se encontraba en las filas del clero- las características geológicas por lo general eran interpretadas como una evidencia del diluvio bíblico, o a lo menos como pruebas de la acción de un Dios todopoderoso. Los filósofos que se ocupaban de la naturaleza no hacían una clara distinción entre la ciencia y la teología. Tanto la naturaleza como la Biblia se consideraban como una revelación del poder y la majestad de Dios. En realidad, la mayoría de los escritos que trataban de ciencia no se redactaron para ocuparse del conocimiento científico. Más bien se usaba la ciencia para ilustrar la teología o para ofrecer evidencia de la obra de Dios en el mundo. 

Con el Renacimiento, reapareció el interés en el estudio de la ciencia. Se desarrolló la mineralogía. Leonardo de Vinci consideraba los fósiles como restos de plantas y animales antes que como caprichos de la naturaleza. El descubrimiento de otras tierras hizo posible el estudio de fenómenos geológicos en una escala mundial. 

En el siglo XVII, los ingleses quedaron fascinados con especulaciones en cuanto a la corteza terrestre. Thomas Burnet y John Woodward se esforzaron por armonizar la geología con el relato bíblico del diluvio. Persistían en creer que un diluvio universal causado por Dios había provocado cambios que explicaban la actual superficie de la tierra. Unos pocos trataban de describir el diluvio del Génesis como un acontecimiento meramente local restringido a Palestina y Mesopotamia, pero este punto de vista era el de una minoría. 77 

La geología moderna se desarrolló durante el siglo XVIII quizá debido a la necesidad de un conocimiento práctico de geología en los distritos mineros del noroeste de Europa. Abraham G. Werner (1750-1817), mineralogista de la ciudad alemana de Freiburg, introdujo la teoría del neptunismo en geología, o geognosia, como él prefería llamarla. Los neptunistas creían que un océano universal una vez cubrió toda la tierra, incluso las montañas más elevadas, y mantuvo en solución todos los materiales que se encuentran en las rocas. La comprensión que tenía Werner de los minerales le indujo a creer que la estratificación había ocurrido en capas uniformes en todo el mundo, que las capas de rocas se formaron a medida que el material de las mismas se precipitó procedente de los océanos en cinco etapas bien definidas. Esta ha sido llamada la teoría de las capas de cebolla. Surgió una tendencia diferente, llamada vulcanista o plutonista. Según este punto de vista, se necesitaron largos períodos de tiempo, y su rígido empirismo negaba la posibilidad de que hubieran actuado fuerzas sobrenaturales. Son características las palabras de su paladín mejor conocido, James Hutton, (1726-1797) de Edimburgo -"No encontramos vestigios de un comienzo, ni perspectivas de un fin"-. En su Theory of the Earth (1795) Hutton expuso su creencia de que todos los fenómenos geológicos encontrados en la superficie de la tierra podrían ser explicados por causas naturales que se pueden observar en la actualidad. Más adelante este concepto llegó a ser conocido como la doctrina del uniformismo. 

Debido a que los uniformistas necesitaban un inmenso tiempo geológico que contradecía la cronología en boga del arzobispo Ussher (4004 AC, como fecha de la creación del mundo), y como también el estilo literario de Hutton era confuso, muchos fueron en pos de otras teorías geológicas. Uno de los principales opositores del vulcanismo fue el barón Georges L. Cuvier (1769-1832), que contribuyó al estudio de la anatomía comparada y fue el fundador de la paleontología. Su teoría del catastrofismo enseñaba que las catástrofes naturales en varias ocasiones del pasado habían destruido todos los seres vivientes, y que finalmente nuevos seres reemplazaron a los que habían sido destruidos. De esa manera, ciclos de catástrofes sucesivas fueron seguidos por creaciones sucesivas. Convencido de la validez del concepto de las capas de cebolla, Cuvier trató de aplicar sus principios al registro de los fósiles postulando que los fósiles se encontraban en una secuencia idéntica por todo el mundo, y que cada transición fue causada por una catástrofe. El diluvio del Génesis habría sido quizá la inundación final y la más grave. Después de Cuvier, William Buckland fue el principal organizador de la teoría catastrofista. El entrelazó las teorías de Cuvier con el diluvio del Génesis. 

Otros los imitaron. William Smith (1769-1839), agrimensor de profesión y "padre de la geología inglesa", creía que los fósiles aparecían en cierto orden y podían ser usados para identificar los estratos. Otros se apoyaban en la sucesión de la vida y llegaban a la conclusión de que mediante los fósiles se podía fijar la edad de cada estrato. A fines de la década de 1820, la teología natural y la ciencia parecían haber alcanzado una feliz armonía expandiendo el relato del Génesis de una semana literal dedicada a la creación a largas eras geológicas, cada una de las cuales habría producido una forma más compleja de vida que las precedentes. No se daba más importancia geológica al acontecimiento del diluvio. Si había ocurrido, o se lo consideraba solamente de una extensión limitada o bien como una de muchas otras catástrofes. 

En 1803, John Playfair redactó la teoría de Hutton en una forma más comprensible, pero la teoría revolucionaria del uniformismo no fue aceptada hasta 78 que Sir Charles Lyell (1797-1875) la hizo revivir, la sintetizó y la popularizó en su obra Principles of Geology (1830). El sostenía que el uniformismo era el principio que permitía explicar los acontecimientos geológicos por medio de leyes naturales. Logró convencer a la mayoría de los hombres de ciencia de que el estado actual de la tierra no se había producido por actos divinos de creación hace 6.000 años, ni por la acción de las aguas del diluvio del Génesis. Pretendía que más bien la forma actual de la tierra es el resultado de la acción gradual de fuerzas naturales observables que operan movidas por leyes físicas inmutables a través de inmensos eones de tiempo. La aceptación generalizada de su teoría preparó el camino para la evolución biológica de Darwin. De modo que, a mediados del siglo XIX el uniformismo se había afirmado como el principio fundamental que influyó en la evolución del pensamiento geológico del siglo siguiente. 

El diluvio del Génesis fue reducido por muchos a un mero acontecimiento local de la Mesopotamia, la más grave de una serie de catástrofes, o sencillamente a un mito. Sin embargo, en décadas recientes el uniformismo ha sido puesto cada vez más en duda, y el catastrofismo, el concepto de que el ritmo normal de los procesos geológicos es interrumpido periódicamente por sucesos insólitos, está ganando el apoyo aun de aquellos que no aceptan la idea de la intervención de algo sobrenatural en el mundo. En forma más detallada, estas tendencias actuales de las teorías geológicas se tratan en la sección V.  CBA

01. EL GÉNESIS Y LA GEOLOGÍA I. LA BIBLIA Y LA CIENCIA.


En el Génesis se describe el diluvio como una catástrofe mundial que destruyó la mayor parte de la vida en este planeta y alteró muchísimo la superficie de la tierra. La interpretación científica popular de nuestros días no incluye una catástrofe de tales proporciones. Esta omisión es un notable cumplimiento de la predicción del apóstol Pedro de que en los últimos días habría una ignorancia voluntaria de la creación y del diluvio (2 Ped. 3: 3-6). 

Pedro podría haber especificado muchas otras ideas bíblicas que serían ignoradas en los últimos días. En lugar de la creación y del diluvio, el pensamiento científico de nuestros días acepta conceptos evolucionistas en el campo de la biología y la geología. Los que se preocupan por la verdad tienen que decidir cuál de estas posiciones opuestas es correcta. Puesto que la Biblia y la naturaleza pueden ser fuentes de información y tienen el mismo autor, a saber Dios, una 76 pregunta mejor sería: ¿Qué verdad encuentro yo cuando miro tanto a la ciencia como a la Biblia? Si hay una comprensión correcta, se esperaría que ambas concordaran, y que cada una proyectara luz sobre la otra (White 1903, pág. 128). 

Se pueden encontrar una cantidad de referencias a una gran catástrofe parecida al diluvio del Génesis en las leyendas de diferentes regiones del mundo. De modo que la Biblia no es singular en este respecto. Como se verá después, muchísimas evidencias científicas también se relacionan con un suceso tal como el diluvio descrito en el Génesis. De manera que una premisa básica de este artículo es que una persona que procura llegar a la verdad en cuanto a la historia pasada del mundo, debiera investigar en todo lo posible toda la información disponible, ya sea que ésta fuera esencialmente científica, histórica o bíblica. CBA

jueves, 4 de mayo de 2017

03. LOS EXTREMOS EN LA ALIMENTACIÓN


NO TODOS los que aseveran creer en la reforma alimenticia son realmente reformadores. Para muchos la reforma consiste meramente en descartar ciertos manjares malsanos. No entienden bien los principios fundamentales de la salud, y sus mesas, aun cargadas de golosinas nocivas, distan mucho de ser ejemplos de templanza y moderación cristianas. 

 Otra categoría de personas, en su deseo de dar buen ejemplo, cae en el extremo opuesto. Algunos no pueden proporcionarse los manjares más apetecibles, y en vez de hacer uso de las cosas que mejor podrían suplir la falta de aquéllos, se imponen una alimentación deficiente. Lo que comen no les suministra los elementos necesarios para obtener buena sangre. Su salud se resiente, su utilidad se menoscaba, y con su ejemplo desprestigian la reforma alimenticia, en vez de favorecerla. 

Otros piensan que por el hecho de que la salud exige una alimentación sencilla, no es necesario preocuparse por la elección o preparación de los alimentos. Algunos se sujetan a un régimen alimenticio escaso, que no ofrece una variedad suficiente para suplir lo que necesita el organismo, y sufren las consecuencias. Los que sólo tienen un conocimiento incompleto de los principios de la reforma son muchas veces los más intransigentes, no sólo al practicar sus opiniones, sino que insisten en imponerlas a sus familias y vecinos. El efecto de sus mal entendidas reformas, tal como se lo nota en su propia mala salud, y los esfuerzos que hacen para obligar a los demás a aceptar sus puntos de vista, dan a muchos una idea falsa de 246 lo que es la reforma alimenticia, y los inducen a desecharla por completo. 

 Los que entienden debidamente las leyes de la salud y que se dejan dirigir por los buenos principios, evitan los extremos, y no incurren en la licencia ni en la restricción. Escogen su alimento no meramente para agradar al paladar, sino para reconstituir el cuerpo. Procuran conservar todas sus facultades en la mejor condición posible para prestar el mayor servicio a Dios y a los hombres. Saben someter su apetito a la razón y a la conciencia, y son recompensados con la salud del cuerpo y de la mente. Aunque no imponen sus opiniones a los demás ni los ofenden, su ejemplo es un testimonio en favor de los principios correctos. Estas personas ejercen una extensa influencia para el bien. 

 En la reforma alimenticia hay verdadero sentido común. El asunto debe ser estudiado con amplitud y profundidad, y nadie debe criticar a los demás porque sus prácticas no armonicen del todo con las propias. Es imposible prescribir una regla invariable para regular los hábitos de cada cual, y nadie debe erigirse en juez de los demás. No todos pueden comer lo mismo. Ciertos alimentos que son apetitosos y saludables para una persona, bien pueden ser desabridos, y aun nocivos, para otra. Algunos no pueden tomar leche, mientras que a otros les asienta bien. Algunos no pueden digerir guisantes ni judías; otros los encuentran saludables. Para algunos las preparaciones de cereales poco refinados son un buen alimento, mientras que otros no las pueden comer. Los que viven en regiones pobres o poco desarrolladas, donde escasean las frutas y las oleaginosas, no deben sentirse obligados a eliminar de su régimen dietético la leche y los huevos. Verdad es que las personas algo corpulentas y las agitadas por pasiones fuertes deben evitar el uso de alimentos estimulantes. Especialmente en las familias cuyos hijos son dados a hábitos sensuales deben proscribirse los huevos. Por 247 lo contrario, no deben suprimir completamente la leche ni los huevos las personas cuyos órganos productores de sangre son débiles, particularmente si no pueden conseguir otros alimentos que suplan los elementos necesarios. Deben tener mucho cuidado, sin embargo, de obtener la leche de vacas sanas y los huevos de aves igualmente sanas, esto es, bien alimentadas y cuidadas. Los huevos deben cocerse en la forma que los haga más digeribles. 

 La reforma alimenticia debe ser progresiva. A medida que van aumentando las enfermedades en los animales, el uso de la leche y los huevos se vuelve más peligroso. Conviene tratar de substituirlos con comestibles saludables y baratos. Hay que enseñar a la gente por doquiera a cocinar sin leche ni huevos en cuanto sea posible, sin que por esto dejen de ser sus comidas sanas y sabrosas. 

La costumbre de comer sólo dos veces al día es reconocida generalmente como beneficiosa para la salud. Sin embargo, en algunas circunstancias habrá personas que requieran una tercera comida, que debe ser ligera y de muy fácil digestión. Unas galletas o pan tostado al horno con fruta o café de cereales, son lo más conveniente para la cena. 

 Hay algunos que siempre recelan de que la comida por muy sencilla y sana que sea, les haga daño. Permítaseme decirles: No penséis que la comida os va a hacer daño; no penséis siquiera en la comida. Comed conforme os lo dicte vuestro sano juicio; y cuando hayáis pedido al Señor que bendiga la comida para fortalecimiento de vuestro cuerpo, creed que os oye, y tranquilizaos. Puesto que los principios de la salud exigen que desechemos cuanto irrita el estómago y altera la salud, debemos recordar que un régimen poco nutritivo empobrece la sangre. Esto provoca casos de enfermedad de los más difíciles de curar. El organismo no está suficientemente nutrido, y de ello resulta dispepsia y debilidad general. Los que se someten a semejante 248 régimen no lo hacen siempre obligados por la pobreza; sino más por ignorancia o descuido, o por el afán de llevar adelante sus ideas erróneas acerca de la reforma pro salud. No se honra a Dios cuando se descuida el cuerpo, o se lo maltrata, y así se lo incapacita para servirle. Cuidar del cuerpo proveyéndose alimento apetitoso y fortificante es uno de los principales deberes del ama de casa. Es mucho mejor tener ropas y muebles menos costosos que escatimar la provisión de alimento. Algunas madres de familia escatiman la comida en la mesa para poder obsequiar opíparamente a sus visitas. Esto es desacertado. Al agasajar huéspedes se debiera proceder con más sencillez. 

 Atiéndase primero a las necesidades de la familia. Una economía doméstica imprudente y las costumbres artificiales hacen muchas veces imposible que se ejerza la hospitalidad donde sería necesaria y beneficiosa. La provisión regular de alimento para nuestra mesa debe ser tal que se pueda convidar al huésped inesperado sin recargar a la señora de la casa con preparativos extraordinarios. 

Todos deben saber lo que conviene comer, y cómo aderezarlo. Los hombres, tanto como las mujeres, necesitan saber preparar comidas sencillas y sanas. Sus negocios los llaman a menudo a puntos donde no encuentran alimento sano; entonces, si tienen algún conocimiento de la ciencia culinaria, pueden aprovecharlo. Fijaos con cuidado en vuestra alimentación. Estudiad las causas y sus efectos. Cultivad el dominio propio. Someted vuestros apetitos a la razón. No maltratéis vuestro estómago recargándolo de alimento; pero no os privéis tampoco de la comida sana y sabrosa que necesitáis para conservar la salud. 

La estrechez de miras de algunos que se llaman reformadores ha perjudicado mucho la causa de la higiene. Deben tener presente los higienistas que en gran medida la reforma 249 alimenticia será juzgada por lo que ellos provean para sus mesas; y en vez de adoptar un proceder que desacredite la reforma, deben enseñar sus principios con el ejemplo, de modo que los recomiendan así a las mentes sinceras. 

 Una clase de personas, que abarca a muchos, se opondrá siempre a toda reforma, por muy racional que sea, si requiere que refrenen sus apetitos. Siempre consultan su paladar en vez de su juicio o las leyes de la higiene. Invariablemente, estas personas tacharán de extremistas a cuantos quieran dejar los caminos trillados de las costumbres y abogar por la reforma, por muy consecuente que sea su proceder. A fin de no dar a esas personas motivos legítimos de crítica, los higienistas no procurarán distinguirse tanto como puedan de los demás, sino que se les acercarán en todo lo posible sin sacrificar los buenos principios. Cuando los que abogan por la reforma en armonía con la higiene caen en exageraciones, no es de admirar que muchos que los consideran como verdaderos representantes de los principios de la salud rechacen por completo la reforma. Estas exageraciones suelen hacer más daño en poco tiempo que el que pudiera subsanarse en toda una vida consecuente.

 La reforma higiénica está basada en principios amplios y de mucho alcance, y no debemos empequeñecerla con miras y prácticas estrechas. Pero nadie debe permitir que el temor a la oposición o al ridículo, el deseo de agradar a otros o influir en ellos, le aparte de los principios verdaderos ni le induzca a considerarlos livianamente. Los que se dejan gobernar por los buenos principios defenderán firme y resueltamente lo que sea correcto; pero en todas sus relaciones sociales darán pruebas de generosidad, de espíritu cristiano y de verdadera moderación. MC EGW

02. CANTO DE BATALLA*



2 Crón 20: 22-30.
 Y habido consejo con el Pueblo, puso a algunos que cantasen y alabasen a Jehová, vestidos de ornamentos sagrados, mientras salía la gente armada, y que dijesen: Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre. (2 Crón. 20: 21). Era una manera singular de ir a pelear contra el ejército enemigo, eso de alabar a Jehová con cantos y ensalzar al Dios de Israel. Tal era su canto de batalla. Poseían la hermosura de la santidad. Si hoy se alabase más a Dios, aumentarían constantemente la esperanza, el valor y la fe. ¿No fortalecería esto las manos de los soldados valientes que hoy defienden la verdad? 
(Profetas y Reyes, pág. 149). 

 Alabaron a Dios por la victoria, y cuatro días después el ejército regresó a Jerusalén cargado con los despojos de sus enemigos, entonando alabanzas por la victoria obtenida.
 (Hijos e Hijas de Dios, pág. 201). 

 Cuando apreciemos más profundamente la misericordia y la longanimidad de Dios, lo alabaremos más en lugar de quejarnos. Hablaremos de la amante vigilancia del Señor, de la tierna compasión del buen Pastor. El idioma del corazón no serán la murmuración y la queja egoísta. La alabanza, como una corriente clara y que fluye, brotará de los verdaderos creyentes en Dios. . . ¿Por qué no despertamos la voz del himno espiritual en los días de nuestro peregrinaje?... Necesitamos estudiar la Palabra de Dios, necesitamos meditar y orar. Entonces tendremos visión espiritual para discernir los atrios interiores del templo celestial. Percibiremos los acordes de acción de gracia entonados por el coro celestial alrededor del trono. Cuando Sión se levante y resplandezca, su luz será más penetrante, y se escucharán himnos de alabanza y gratitud en la asamblea de los santos. Las pequeñas desilusiones y dificultades se perderán de vista.
 (Hijos e Hijas de Dios, pág. 200). 

 El Señor es nuestro ayudador... Nadie confió jamás en Dios. Nunca chasquea a quienes ponen su confianza en él. Si tan sólo hiciéramos la obra que el Señor quisiera que hiciésemos, siguiendo las pisadas de Jesús, nuestros corazones se convertirían en arpas sagradas, y cada uno de sus acordes emitiría alabanza y acción de gracias a Aquel que fue enviado por Dios a quitar el pecado del mundo. (Sons and Daughters of God, pág. 198). 219 EGW

01. EL FIN DE LAS OFRENDAS Y SACRIFICIOS.


Las ofrendas de los sacrificios no tenían en sí mismas valor alguno a los ojos de Dios. Estaban destinadas a expresar, por parte del que las ofrecía, arrepentimiento del pecado y fe en Cristo, y a prometer obediencia futura a la ley de Dios.

 Pero sin arrepentimiento, ni fe ni un corazón obediente, las ofrendas no tenían valor. Cuando, violando directamente el mandamiento de Dios, Saúl se propuso presentar en sacrificio lo que Dios había dispuesto que fuese destruido, despreció abiertamente la autoridad divina. 

 El sacrificio hubiera sido un insulto para el Cielo.
 No obstante conocer el relato 
del pecado de Saúl y sus resultados, 
¿cuántos siguen una conducta parecida? 

 Mientras se niegan a creer y obedecer algún mandamiento del Señor, perseveran en ofrecer a Dios sus servicios religiosos formales. No responde el Espíritu de Dios a tal servicio. Por celosos que sean los hombres en su observancia de las ceremonias religiosas, el Señor no las puede aceptar si ellos persisten en violar deliberadamente uno de sus mandamientos (PP. 684-686, 688). 
CV 158 EGW  MHP